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lunes, 22 de agosto de 2011

Toile vierge.

Cómo cada mañana, salía a comprar el pan recién hecho, la primera hornada de la madrugada, dónde el sol despuntaba por las esquinas de las pequeñas casas y reflejaba en los espejos retrovisores de los coches.
Bajaba con armonía cada cuesta de las pequeñas callejuelas recubiertas de cemento y daba los buenos días a la señora Luisa, al cartero Ezequiel y a Don Iñaki y su pequeño perro.
Correteaba alegremente cuando alguna vecina limpiaba la calle y el agua salía despedida cuesta abajo con los restos de lejía.
El panadero Juan, cómo cada mañana, le daba a Lucía el pan que iba a buscar para su familia más un pequeño bollo de chocolate que siempre guardaba para ella en algún rincón.
Y después del desayuno familiar, lo normal que haría una niña de 10 años era dirigirse al colegio, a tomar lecciones que le servirán algún día en la vida, pero después de cruzar la puerta de su casa, tomaba sus pequeños zapatos entre sus manos y los guardaba con cuidado en la mochila.

Y no mucho más lejos de dos calles y siete casas y media se abría ante ella un pequeño universo de colores, dónde los pequeños insectos irradiaban curiosidad en ella y dónde toda copa de árbol proyectaba la mejor de las sombras para que el calor no agobiase su pequeño cuerpo.

1 comentario:

Madame Garburn dijo...

Es precioso, tienes una forma de expresarte tan increíble ! =)
Un saludo.

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