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martes, 13 de septiembre de 2011

Un granulado de acero.

Perdió el botón que abrochaba sus amaneceres y anda buscando el sol por cualquier fisura en la ventana, pues ya sólo puede disfrutar de los ojos de la Luna.
Rebuscó entre sus lazos de color violeta y dobló el alfiler con su propio dedo, y recordó a qué olía la sangre, esa mezcla de hierro y aire.

El llanto de la guitarra aislada. Los brazos vacíos de una madre. Ese trozo de pelo partido que muere entre tus manos.
                                   


                                                  '' fui el poeta nocturno del sufrimiento ''

2 comentarios:

Juan Ojeda dijo...

La sangre huele a hierro y aire?

creo que si, nunca me detuve a pensarlo, y eso que busqué fisuras muchas veces.

Hermosas letras, un abrazo.

Madame Garburn dijo...

Pero cómo me gusta leerte, son todos tus textos tan geniales (L.

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