Con el corazón de piedra me visto y salgo.
Nach.
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viernes, 19 de agosto de 2011
sábado, 13 de agosto de 2011
Avant.
Cuando despierto y el colchón parece en calma, mientras que mi cuerpo se resiste a aceptar esa realidad, todo en mí es un acertijo ¿ De dónde viene esa inquietud que oprime mi pecho? Las pesadillas se manifiestan en segundos y recuerdo los niveles que fui subiendo hacia las nubes. Antes sólo eran las diez de la mañana y minutos después mi teléfono sonaba, tu foto de fondo inaugurando una nueva sonrisa. Te contaba mi intranquilidad, mi desasosiego, anestesiabas mis oídos y con ello calmabas el lago de mis desidias. Jamás volveré a encontrar tu mano en mis amaneceres y tus ojos que se teñían de ternura al contemplar mi tez sobre la almohada. Y lo único que me desesperaba ante mi escritorio era el reloj impune a mis súplicas.
Era cómo el pequeño pájaro que impaciente se hallaba en su jaula a la espera de que su piar atrajera a los rizos dónde escondía sus lágrimas.
Era cómo el pequeño pájaro que impaciente se hallaba en su jaula a la espera de que su piar atrajera a los rizos dónde escondía sus lágrimas.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Boa sorte.
Mecía entre sus delgados dedos la moneda que recogió entre la piedra y la arena. Lo último que recuerda es su pelo ondeado por el viento jugando a entorpecer su visión. Era una hora cualquiera de la tarde, acercándose más a la noche que al día y recuerda ver su corazón galopar hasta lo más alto de aquellos espigones.
Las palabras fueron perdigones de fuego que se consumían en la mar mientras ella veía marchar aquél barco. Ahora sus ojos arden, atravesando recuerdos deja caer la moneda, que bajo las lenguas de las pequeñas olas del mar dejaba enterrar su cuerpo.
Ese olor a trigo, miel y su perfume. Esa tarde de hora cualquiera. Tu cobardía ahora sigues llorando.
Las palabras fueron perdigones de fuego que se consumían en la mar mientras ella veía marchar aquél barco. Ahora sus ojos arden, atravesando recuerdos deja caer la moneda, que bajo las lenguas de las pequeñas olas del mar dejaba enterrar su cuerpo.
Ese olor a trigo, miel y su perfume. Esa tarde de hora cualquiera. Tu cobardía ahora sigues llorando.
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